VOX

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VOX (VOZ, 2018) es la primera novela de la escritora norteamericana Christina Dalcher, doctora en lingüística por la Universidad de Georgetown y especialista en el campo de la fonética. Además, ha impartido clases en distintas universidades de EE.UU., Inglaterra y Emiratos Árabe Unidos.

Difícilmente Christina Dalcher, habrá escuchado hablar de ese esperpento de partido ultraderechista del mismo nombre que su novela que tenemos la desgracia de sufrir en España. Pero sin embargo hay algo más que coincidencia en el nombre, puesto que los argumentos que emplea el poder para la más terrible opresión de las mujeres en unos EE.UU. situado en un futuro cercano parecen calcados del ideario de VOX (partido) o de la parte de la Iglesia española más reaccionaria: una única familia en la que la mujer está supeditada al varón en base a un supuesto orden natural.

“Los dos hacen muy buena pareja, ambos tan rotundos en sus ideas de la vuelta a un tiempo anterior, una época en la que los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres, …  joder, las cosas eran mucho más fáciles entonces, cuando todos sabíamos cuál era nuestro lugar”.

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Christina Dalcher

¿Nos suena? Podría ser una declaración de Abascal, pero esta frase está sacada de la novela. Quizá lo más terrible de esta novela sea lo familiares que nos resultan los argumentos: mantener a la familia unida, la paz del hogar, más empleo para los hombres, acabar con la promiscuidad que genera conflictos, los hombres son hombres y las mujeres son mujeres.

Siguiendo la lógica de estas ideas y llevándolas al extremo tenemos la novela VOX, cuyo argumento resume la contraportada del libro editado en español:

“Cien al día, ni una más. Esa es la cifra de palabras que la neurolingüista Jean McClellan y el resto de las mujeres tienen derecho a pronunciar cada día en unos Estados Unidos donde la mitad de la población ha sido silenciada. Una sola palabra por encima de esa cifra y un brazalete que están obligadas a llevar les dará́ una descarga de cientos de voltios de electricidad. Las mujeres no pueden escribir, los libros les han sido prohibidos, sus cuentas bancarias han sido transferidas al hombre de la familia más cercano y se han suprimido todos sus empleos.

Pero cuando el hermano del presidente sufre un extraño accidente, a Jean le devuelven temporalmente sus derechos, con el objetivo de que continúe investigando la cura de la afasia, un extraño trastorno de una parte del cerebro que controla el lenguaje.

Pronto Jean descubrirá́ que la están utilizando y que ha pasado, sin saberlo, a formar parte de un plan mucho más grande cuyo objetivo final no es encontrar la cura de la afasia, sino inducirla. ¿El objetivo final? Eliminar por completo las voces de las mujeres”.

La novela, como se ve, trabaja a dos niveles. Se trata de una tremenda distopía contra las mujeres en la que contemplamos en la segunda mitad como se desarrolla un argumento en clave de thriller (que no me ha resultado la verdad muy creíble).

Las posturas más extremas del patriarcado han triunfado en EE.UU. y lo han hecho porque han ganado las elecciones. No sé si ya encontramos aquí una primera advertencia de lo que puede pasar si no ponemos remedio. Porque habiendo usado el sistema democrático para llegar al poder, una vez alcanzado, ya pueden prescindir de cualquier control y desatar sus políticas de retroceso. El dominio de los hombres y la anulación radical de las mujeres de cualquier plano social, literalmente callar la voz de las mujeres.

Las mujeres pierden el empleo, el uso del dinero, la capacidad de realizar cualquier gestión sin permiso de un hombre… y la voz. Se les impone una pulsera que contabiliza las palabras que pueden usar a lo largo del día; cien como máximo. Y cada palabra de más implica una fuerte descarga eléctrica que va en aumento.

La autora nos proporciona unos personajes muy reconocibles: la feminista que irrita a los hombres con sus quejas, la mujer altamente cualificada que no ve el peligro y nunca le había dado importancia ni al voto ni a la movilización,  la madre de familia que se encuentra cómoda con el nuevo discurso que por fin reconoce su labor doméstica y su femineidad, el hijo adolescente que encuentra su épica en el arquetipo viril triunfante, el buen marido que no está de acuerdo pero asume la nueva situación.

Toda esta novela parece dedicada a explicar el daño social que produce la banalización del mal (Arendt) y la pasividad de las buenas personas (Burke)

Ana Arendt acuña la expresión “Banalidad del mal” que significa que el mal no tiene un valor absoluto. Que podemos encontrarlo en cualquier parte. Que quienes lo llevan a cabo pueden ser personas absolutamente normales. Que se puede convertir en una rutina… a partir de ahí el asesinato y la tortura pasan a ser simples técnicas de gestión o simples efectos colaterales exigidos por el funcionamiento del sistema.

Nuestra protagonista recuerda una y otra vez como se ha llegado a esa sociedad distópica contra las mujeres por la pasividad de quienes podrían haberse movilizado para impedirlo. Edmund Burke lo plasmó en esta frase «Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada».

En resumen, lo que Christina Dalcher retrata en “VOX” es opresivo, aterrador y, sin embargo, parece casi tan improbable como la elección presidencial de Donald Trump. Una novela en fin altamente recomendable, en la que el silencio de las mujeres puede ser atronador.

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