Mary Shelley y su moderno Prometeo

Mary Shelley y su moderno Prometeo

Se ha escrito tanto y hemos visto tantas versiones, que parece como si no hubiera más que decir. De alguna forma nos consideramos “entendidos” en una novela sobre la que hay un amplio consenso que resultó seminal en la ciencia ficción: “Frankenstein o el moderno Prometeo”.

Si hubiera que señalar a las autoras pioneras en la ciencia ficción Mary Shelley ocuparía el papel destacado. Debo confesar que me fascina la historia de Mary Shelley y la novela que se ha convertido en símbolo y mito

Mary Wollstonecraft Godwin nace en 1797, en el seno de una familia liberal, incluso rupturista para la época. Su padre William Godwin es un conocido escritor y político, considerado por muchos un destacado precursor del pensamiento anarquista. Su madre, Mary Wollstonecraft, que murió tras el parto, una muy conocida autora feminista, que de forma inusitada para una mujer de su época, fue capaz de afirmarse en Londres como escritora profesional independiente.

La hija, luego Shelley por el matrimonio con Pierce Shelley, vivió también una vida inusualmente alejada de los convencionalismos de la época. Se marchó a los 16 años con su amante a Suiza con el que tuvo una hija antes de casarse. Mary Shelley fue una mujer muy instruida e independiente.

Es conocido la génesis y el contexto en que se escribe Frankenstein. La misma Mary lo explica en la introducción a la edición de 1831.

“En el verano de 1816 visitamos Suiza y nos convertimos en vecinos de Lord Byron. (…) “Cada uno de nosotros escribirá una historia de fantasmas”, dijo Lord Byron, y su propuesta fue aceptada. (…)

Yo me urgí a mí misma a pensar una historia, una historia que pudiese rivalizar con las que nos habían arrastrado a aquella empresa. Una historia que hablase de los misteriosos temores de la naturaleza y que despertase el más intenso de los terrores, una historia que creara en el lector miedo a mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón. Si no conseguía todas esas cosas mi historia de fantasmas demostraría ser indigna de ese nombre. Pensé y reflexioné, en vano. (…) ¿Has pensado ya una historia?, me preguntaban cada mañana, y cada mañana me veía forzada a replicar con una mortificante negativa. (…)

“Con los ojos cerrados, pero a través de una aguda visión mental, vi al pálido estudiante de artes diabólicas arrodillado al lado de aquella cosa que había conseguido juntar. Vi el horrendo fantasma de un hombre yacente, y entonces, bajo el poder de una enorme fuerza, aquello dio señales de vida y se agitó con un torpe, casi vital, movimiento. Era espantoso (…). La idea había tomado posesión de mi mente de tal manera que el miedo recorría todo mi cuerpo como un escalofrío y traté de cambiar las fantasmales imágenes de mi fantasía por la realidad que me circundaba. (…) Al día siguiente anuncié que había pensado una historia.”

Mary Shelley publica su primer Frankenstein en 1818, tras sufrir las inevitables correcciones del marido, que le dio lo que consideraba una redacción más “culta” como se llevaba en esa época (el original solo se conserva en parte). Y lo reescribe en 1831. Es ésta última versión la que resulta más conocida y de hecho es la más accesible y editada.

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Edición de 1831

Sin embargo como explica Alejandro Pareja traductor de la edición de 2003, hay importantes diferencias entre ambas. Según Pareja, “Entre 1818 y 1831 Mary sufrió una serie de reveses: las muertes de sus hijos Clara y William y la del propio Percy Shelley (ahogado); las traiciones de Byron y Jane Williams, y su propia penuria económica. Todos estos hechos la hicieron dudar del libre albedrío y le hicieron  creer en el destino ciego.

En la versión de 1818, Víctor Frankenstein tenía libre albedrío; podía haber abandonado su búsqueda del «principio de la vida»; podía haberse ocupado de su criatura en vez de dejarla a su suerte; podía haber protegido a Elizabeth. Sin embargo, en la versión de 1831 el protagonista es un juguete movido por fuerzas que no conoce ni controla. La autora le hace decir: «El destino era demasiado poderoso, y sus fuerzas inmutables habían decretado mi perdición absoluta y terrible».

Frankenstein y la ciencia ficción

Autómatas y seres que cobran vida son frecuentes en la literatura. El más famoso es el Golem. Se trata de una criatura fabulosa semejante al hombre, moldeado en Praga en 1580 por el rabino Loew con el barro del rio Moldava, que adquiere vida cuando el rabino introduce en su boca inerte un pergamino con el nombre secreto y sagrado de Dios.

He aquí la drástica distancia que separa esas fábulas de autómatas de la novela de Shelley. El monstruo de Víctor Frankenstein es creado por la acción consciente del ser humano. No es un producto de la mano de Dios o un fenómeno sobrenatural: es fruto, si se quiere, del conocimiento científico aplicado, de la tecnología. Es una creación artificial. Un cambio que bebe sin duda de una epoca en la que se están produciendo importantes avances cientificos que la autora conoce.

Es por eso que se considera que Frankenstein inaugura la literatura de ciencia ficción. Nos describe algo que no está hoy presente, pero que podemos concebir como posible a través de la acción humana.

Pero no se limita a ello. Como toda buena literatura de ciencia ficción se adentra en las consecuencias sociales de ese acto científico: el rechazo que sufre el monstruo, aquí una metáfora del otro, del diferente, de la desconfianza social ante lo extraño y sospechoso; el científico loco, tema recurrente en la ciencia ficción; el moderno Prometo que roba el fuego de la vida y luego su creación escapa a su control; el abandono que convierte en malvado al doctor y exonera el monstruo; la trascendencia del ser social, la soledad del monstruo, del distinto y la exigencia de una compañera (que quiere tan fea como él para que no exista distancia entre ambos)…

Una de las biógrafas de Mary, Ellen Moers, piensa que la novela refleja el “mito del nacimiento”, en la que muestra “qué le sucede a un hombre cuando trata de tener un bebé sin una mujer […] [Frankenstein] está profundamente a favor de la naturaleza y opuesto a los métodos anormales de producción y reproducción”. En la versión de 1818 el castigo de Víctor resulta del abandono de su creación, del fallo como padre. En la versión más oscura de 1831, Víctor es castigado por el hecho mismo de querer crear un ser humano al margen de Dios.

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El monstruo de Frankenstein por Boris Karloff (1931)

Las consecuencias de la creación artificial de la vida en esta novela son muchas y las interpretaciones y derivaciones también múltiples. Incluso muchos ven en Frankenstein un símbolo sexual. Cualquiera sabe, posiblemente lo sea. En todo caso, anotemos aquí que la primera novela de CF está escrita por una mujer pero carece de destacados personajes femeninos.

Mary Shelley muere en 1851 a los 53 años de edad, tras una vida intensa y convulsa. Y publica numerosas obras. No quisiera terminar sin referirme a una de ellas, “El último hombre”, publicada en 1926, también considerada de ciencia ficción. En la novela, que transcurre en el futuro, en la segunda mitad del siglo XXI, podemos encontrar aventuras y búsquedas pero finalmente se describe como las guerras y conflictos han desembocado en una terrible plaga de peste que acaba con la humanidad excepto una persona, el último hombre.

Jaime Augusto Shelley en el prólogo de una de las ediciones, señala acerca de la propagación de la peste que “puede compararse a las políticas neoliberales, a los chantajes de las empresas trasnacionales, a la pérdida de soberanía, de lo cual sólo un grupo será el sobreviviente”.

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